De trabajador asalariado a empresario: una guía gratuita para dar el salto sin precipitarse

Existen distintas fases y señales que pueden orientar el proceso, pero en todos los casos resultan clave la disposición para aprender y adaptarse, la planeación, el trabajo constante, la flexibilidad y la disciplina.

¿Ha conocido a alguien que desea dejar su empleo para iniciar un negocio propio? ¿O a una persona que perdió su trabajo y ahora está buscando crear una empresa? Tal vez también a quien, tras no encontrar nuevas oportunidades laborales, ha empezado a considerar el camino del emprendimiento. Luego de escuchar muchas de estas historias y de compartir recomendaciones tras varios años escribiendo sobre este tema, decidí aplicar una de las enseñanzas básicas del periodismo que aprendí en la Universidad Javeriana, en Bogotá: acudir a fuentes con experiencia y credibilidad para responder las preguntas clave.

Esto ocurrió a finales de 2025, cuando muchos ya estaban en temporada de descanso y solo unos pocos seguíamos frente al computador. Era una época propicia para balances personales y nuevos propósitos. Envié mis inquietudes —las preguntas habituales del oficio— a varias fuentes, pero la respuesta de una de ellas, mentora y emprendedora, destacó por su claridad y valor. No solo habla de cómo dar el salto sin caer al vacío, sino de cómo construir un puente antes de cruzar. ¿En qué consiste?

A continuación, la respuesta completa, paso a paso, de Julia Rosa Romero Benites, emprendedora y mentora del Centro de Emprendimiento de la Universidad de los Andes, presentada tal como ella la redactó y basada en su propia experiencia:

“Durante cerca de 25 años desarrollé mi carrera en el mundo corporativo, trabajando en una de las empresas más grandes del país. Allí aprendí a moverme en entornos de proyectos complejos, con funciones definidas, procesos claros y el respaldo de equipos especializados. Ese contexto enseña disciplina, orden y criterio. También permite entender algo fundamental: cómo se toman las decisiones y qué hace que una organización confíe en una persona, un equipo o un proveedor.

Pasados los 45 años decidí emprender. Hoy, más de diez años después, disfruto profundamente lo que hago y tengo una certeza: es posible pasar de empleado a emprendedor después de los 50. Y no solo es posible, en muchos casos se hace mejor. A esta edad no se emprende para probar suerte ni por una idea idealizada. Se emprende con experiencia, con redes construidas, con mayor conciencia del riesgo y con una pregunta de fondo: ¿cuál es mi propósito y qué quiero construir con mi trabajo? Y con otra claridad: no busco ser un unicornio; prefiero parecerme al chigüiro, avanzar acompañado, adaptarme y sostenerme.

La vida también me permitió conocer ambos lados del juego: como contratante y ahora como proveedora. Conozco a las organizaciones desde dentro y desde fuera. Para quien viene del mundo corporativo, esta doble mirada no es menor: es una ventaja competitiva. Pensar desde lo que ya traemos —experiencias, aciertos y errores— marca la diferencia. Al final, todos somos como un lego: se trata de armar la mejor figura posible con las piezas disponibles.

La invitación no es a renunciar de inmediato, sino a diseñar el salto de manera estratégica. Emprender no es un acto impulsivo, es una decisión consciente”.

El mito del salto heroico (y por qué puede ser perjudicial)

“Uno de los mayores riesgos del emprendimiento es el llamado ‘salto heroico’: renunciar, apostarlo todo y ‘quemar los barcos’. Puede parecer valiente, pero muchas veces responde más a una reacción que a una estrategia. La mayoría de los negocios no fracasan por falta de talento o por una mala idea, sino por factores más básicos: desorden operativo, falta de coordinación, problemas de caja, ausencia de ventas y desgaste emocional. El proyecto puede avanzar… hasta que el emprendedor se agota.

Después de los 50, el escenario puede ser distinto si se aprovecha lo ya incorporado: responsabilidad, hábitos, un nivel de vida definido y una identidad profesional construida durante años. Por eso, el salto no debería basarse en valentía ciega, sino en algo más efectivo: capacidad de aprendizaje, visión, planeación, trabajo sistemático, flexibilidad y constancia. En esta etapa no se trata de correr más rápido, sino de correr mejor”.

¿Cómo dejar un empleo y crear un negocio sin fracasar?

Si decide emprender, hágalo como una elección consciente. Asumirlo como algo temporal o como un plan mientras aparece otra opción suele reflejarse en la energía, las decisiones y el compromiso con el proceso.

Como en cualquier proyecto importante, la preparación y la asesoría son fundamentales. En el emprendimiento muchos supuestos se desmoronan rápidamente y cada error tiene un costo. Entrar con humildad, pero con determinación, marca la diferencia. Consolidar la red de contactos es clave: cuente lo que está construyendo, sin misterio ni vergüenza, siendo auténtico. Prepare un mensaje corto y claro, y adáptelo según su interlocutor. No se trata de venderse, sino de que comprendan su producto o servicio y lo recuerden.

Romero propone pensar el proceso como una escalera de tres etapas:

Etapa 1: Validación sin dramatismo.
Se requiere evidencia del mercado, no solo opiniones de familiares o amigos. ¿Quién pagaría por lo que ofrece? ¿Qué problema resuelve? ¿Con qué frecuencia ocurre? ¿La solución es clara y comprable?

Validar no implica tener marca, logo o página web. Implica conversar con clientes reales, hacer un piloto, vender un primer servicio y documentar un caso. Si tras muchas conversaciones no hay interés, el problema no es la edad, sino la propuesta. Revisar estrategia, contexto y producto es parte del proceso. Escuchar activamente orienta. Decidir sí, insistir a ciegas no.

Etapa 2: Transición con método.
Cuando el negocio empieza a respirar, es momento de estructurarlo. En su caso, participó en la creación de una empresa con otros 11 socios, en un sector nuevo: software como servicio para formación. El cambio fue total: de un entorno conocido a un aprendizaje constante, de roles definidos a un modelo más horizontal, y de gerenciar a asumir múltiples funciones.

Esta etapa enseña lo que no aparece en los libros: emprender combina oficio y humildad. Resolver problemas técnicos, atender clientes y ejecutar es lo que vuelve real al negocio.

Etapa 3: Salto con colchón.
Renunciar no debería ser el inicio, sino un hito. Idealmente ocurre cuando ya hay tracción, claridad operativa y un flujo comercial repetible. No siempre sucede así, pero por eso conviene hacerse preguntas difíciles antes: ¿en qué soy realmente bueno?, ¿qué me motiva?, ¿qué red tengo?, ¿cuánto margen financiero poseo? Emprender implica diseñar una nueva forma de trabajar.

¿Qué asegurar antes de emprender?

Romero recomienda cuatro “seguros” que no garantizan el éxito, pero reducen riesgos:

  • Seguro financiero: conocer el gasto mínimo real y el tiempo de resistencia sin ventas. Emprender sin oxígeno lleva a malas decisiones.

  • Seguro comercial: señales claras del mercado: clientes interesados, propuestas, ingresos iniciales o al menos un pipeline activo.

  • Seguro operativo: orden básico: separar finanzas personales y del negocio, contratos simples, procesos de seguimiento y facturación.

  • Seguro de red: mentores, pares y aprendizaje continuo. Ser empleado y ser emprendedor son mundos distintos; no basta con trabajar duro, hay que entender las reglas del juego.

¿Cómo saber si va por buen camino?

Hay tres señales clave:

  1. El cliente entiende rápido la propuesta. Si requiere explicaciones interminables, falta enfoque.

  2. Vender mejora con el tiempo. No es fácil, pero se vuelve más fluido. Si cada venta depende de insistir o descontar, hay un problema de valor.

  3. Se construyen activos. Metodología, reputación, casos, alianzas y procesos. Si todo depende solo del fundador, el riesgo de agotamiento es alto.

En este punto, la edad suma: el criterio se convierte en una ventaja. Saber decir no, identificar riesgos y elegir mejor es un activo. La clave está en combinar experiencia con curiosidad.

El salto no es al vacío, es hacia una vida diseñada. Emprender después de los 50 no es llegar tarde, es llegar con herramientas. Más que enamorarse de la idea de “ser su propio jefe”, hay que comprometerse con el problema que se va a resolver, el cliente al que se servirá y el proceso que se sostendrá cuando la emoción disminuya. Ahí está la diferencia entre caer al abismo o construir un puente.

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