Una lectura histórica y política sobre la ofensiva de Estados Unidos contra Venezuela.
En las primeras horas del 3 de enero de 2026, cuando el año apenas comenzaba, Caracas despertó bajo el estruendo de aeronaves militares que ejecutaron ataques de alta precisión contra distintos puntos de la ciudad, presuntamente vinculados a organismos de seguridad del Estado. La capital venezolana, esa urbe que aún respira salsa en sus barrios y donde siguen sonando nombres como Dimensión Latina, Guaco o El Trabuco, vio romperse abruptamente la frágil calma que se mantenía desde hacía semanas.
Las advertencias del presidente estadounidense Donald Trump contra Nicolás Maduro y la cúpula del chavismo ya habían elevado la tensión diplomática, reforzada por el despliegue de buques militares cerca de las costas venezolanas. Muchos pensaron que se trataba de amenazas sin consecuencias reales, pero esta vez no fue así: el ataque se concretó y confirmó que la confrontación llevaba tiempo gestándose.
Las imágenes que circularon rápidamente en redes sociales mostraban escenas de confusión, gritos y pánico. Para algunos, incluso fuera del país, las grabaciones parecían irreales, casi producto de inteligencia artificial, en una época en la que la veracidad de los hechos se vuelve cada vez más difusa. Sin embargo, no se trataba de una simulación: era una operación militar cuidadosamente planificada, respaldada por una labor de inteligencia que neutralizó cualquier capacidad de respuesta inmediata.
Llamó la atención la ausencia de reacción de las fuerzas armadas venezolanas, incluidos los aviones Sukhoi, así como la nula presencia de colectivos chavistas o movilizaciones populares en defensa del gobierno, algo que contrastó con episodios del pasado, como el fallido golpe contra Hugo Chávez. El operativo, según se conoció después, se enfocó primero en anular cualquier posibilidad de resistencia interna.
Aunque inicialmente se afirmó que todas las víctimas eran militares, con el paso de las horas se confirmó que también hubo civiles fallecidos, entre ellos una ciudadana colombiana. Las cifras variaron según la fuente, oscilando entre 40 y 90 muertos, lo que desmintió la narrativa inicial de un ataque “quirúrgico” sin daños colaterales.
La ciudad quedó sumida en un ambiente extraño: silencio, tensión y expectativa. No hubo celebraciones masivas ni protestas visibles. La gente parecía observar con cautela, consciente de que cualquier pronunciamiento podía tener consecuencias impredecibles. Mientras tanto, redes sociales y medios de comunicación se llenaron de opiniones simplistas, reduciendo el episodio a una lucha entre “buenos” y “malos”.
Horas después, el mundo despertó con imágenes que marcarían un hito: Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, esposados y bajo custodia estadounidense, siendo trasladados a Estados Unidos. Las escenas evocaron precedentes conocidos en América Latina, desde Manuel Noriega hasta varios capos del narcotráfico extraditados de forma cuestionada.
Maduro fue acusado de cargos graves, entre ellos conspiración de narcoterrorismo y tráfico de cocaína, con una recompensa de 50 millones de dólares, una cifra superior incluso a la ofrecida en su momento por Osama bin Laden. Con ello, Venezuela quedó sin su figura central de poder, aunque el aparato chavista continuó operando bajo el liderazgo de altos funcionarios como Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, lo que incrementó la incertidumbre sobre el rumbo del país.
Trump no tardó en dejar claro que su interés no era la democracia ni la libertad, sino el control de los recursos petroleros venezolanos, que considera estratégicos para Estados Unidos. Estas declaraciones, lejos de generar rechazo entre los opositores al chavismo, fueron justificadas como un “mal necesario” para acabar con un régimen acusado de fraude electoral, represión y corrupción.
Sin embargo, el precedente es alarmante. La acción estadounidense rompió abiertamente con el derecho internacional, la soberanía estatal y los mecanismos multilaterales. Se impuso, sin matices, la ley del más fuerte. Hoy fue Venezuela; mañana podría ser cualquier otro país que resulte incómodo para una potencia con capacidad militar suficiente.
El fracaso histórico del chavismo
El colapso del chavismo no puede atribuirse únicamente a la intervención extranjera. Lo que comenzó como una oportunidad histórica con Hugo Chávez terminó degenerando en autoritarismo, crisis económica, represión y desinstitucionalización. Tras la muerte del líder, Nicolás Maduro no logró sostener el proyecto político ni manejar la caída de los precios del petróleo, agravando la inflación, el desabastecimiento y la migración masiva.
El chavismo dejó de ser un movimiento de izquierda transformadora para convertirse en una estructura de poder cerrada, que sustituyó élites sin resolver los problemas de fondo. El fraude electoral de 2024 fue el punto de quiebre definitivo, al eliminar cualquier vestigio de legitimidad democrática.
Trump y el intervencionismo sin máscaras
Donald Trump, por su parte, encarna una forma de poder que ya no disimula. Su discurso desprecia abiertamente el multilateralismo, los derechos humanos y la diplomacia tradicional. Rodeado de sectores ultraconservadores, su agenda combina nacionalismo extremo, autoritarismo y lógica empresarial, donde los recursos naturales y la dominación estratégica priman sobre cualquier principio ético.
A diferencia de otros presidentes estadounidenses, Trump dice sin rodeos lo que antes se ejecutaba con eufemismos: sanciones, bloqueos, invasiones y derrocamiento de gobiernos cuando conviene a los intereses de Washington.
Un mundo más peligroso
La captura de Maduro abre la puerta a un escenario global aún más inestable. Si Estados Unidos actúa sin consecuencias, Rusia, China o Israel pueden sentirse legitimados para hacer lo mismo en sus respectivas zonas de influencia. El resultado es un orden internacional cada vez más frágil, donde la fuerza sustituye al derecho.
Venezuela vive hoy entre la esperanza y el temor. El mundo observa dividido. Pero lo ocurrido deja una advertencia clara: celebrar la arbitrariedad porque elimina a un adversario puede ser un error histórico. El tiburón que nunca duerme no distingue aliados permanentes; solo reconoce intereses.
