Arlene Tickner, experta en relaciones internacionales y funcionaria de alto nivel en la diplomacia colombiana en Estados Unidos, analiza los posibles escenarios de la próxima reunión entre los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump en Washington. Desde su experiencia, examina tanto la imprevisibilidad del encuentro como los riesgos de una reconfiguración global marcada por una eventual repartición del poder entre Estados Unidos, China y Rusia.
El anuncio de una reunión próxima entre los mandatarios de Colombia y Estados Unidos tomó por sorpresa a la opinión pública. Las personalidades confrontacionales de Trump y Petro, sumadas a los antecedentes de choques verbales y desacuerdos políticos, alimentan la incertidumbre sobre el resultado del encuentro. ¿Será una cita tensa y estéril o existe margen para la moderación?
Tickner considera que, aunque el momento específico de la llamada fue inesperado —especialmente por coincidir con el discurso de Petro en la Plaza de Bolívar durante movilizaciones en defensa de la soberanía—, el contacto directo no resulta del todo extraño. Desde hace tiempo, la embajada colombiana en Washington ha buscado abrir un canal de diálogo directo entre ambos presidentes. A esto se suma la inquietud de sectores conservadores, tanto en Colombia como en Estados Unidos, por el impacto regional de la crisis venezolana en el escenario electoral colombiano. Sin embargo, advierte que el carácter provocador de ambos líderes convierte la reunión presencial en un terreno completamente abierto.
Algunos analistas han comparado la cita con encuentros previos de Trump con otros mandatarios, como el trato hostil que dio al presidente ucraniano Volodímir Zelenski, o, por el contrario, el tono cordial que adoptó con el alcalde de Nueva York, Zohran Mandani, pese a sus profundas diferencias. Para Tickner, todos esos escenarios son posibles. La clave, dice, estará en quiénes acompañen a Trump en la reunión y en cómo se maneje el encuentro desde el punto de vista protocolario y político. Incluso un resultado aparentemente positivo no garantiza estabilidad futura en la relación bilateral; lo fundamental será asegurar continuidad y cumplimiento de lo acordado.
Lejos de aconsejar pesimismo, la internacionalista sostiene que el encuentro puede arrojar resultados favorables si se prepara con rigor. Desde la perspectiva colombiana, considera indispensable llegar con una agenda breve, concreta y bien delimitada, con objetivos claros y negociables. También subraya la necesidad de anticipar las condiciones que suele imponer Washington y de insistir en los intereses comunes que aún existen entre ambos gobiernos.
Sobre las versiones que circulan en redes y ciertos sectores políticos acerca de una supuesta “trampa” para detener al presidente Petro en territorio estadounidense, Tickner es tajante: esa posibilidad es inexistente. Petro no tiene ningún requerimiento judicial en Estados Unidos y una acción de ese tipo violaría de manera flagrante las normas diplomáticas básicas, además de representar un error estratégico mayúsculo en un contexto de transición política en Colombia.
Desde su experiencia como funcionaria en Nueva York y Washington, Tickner afirma que, si Petro le pidiera un consejo, lo primero sería seguir las recomendaciones del embajador Daniel García-Peña, a quien reconoce como un profundo conocedor de la política estadounidense. Adicionalmente, le sugeriría tener plena conciencia de la desventaja estratégica que implica jugar “de visitante” y evitar caer en provocaciones, algo que —recuerda— ya ha ocurrido con otros líderes internacionales. En caso de tensión, recomienda serenidad, autocontrol y una respuesta firme pero calmada.
En cuanto a los intereses de Trump en Colombia, Tickner aclara que más que pragmático, el presidente estadounidense actúa de manera transaccional, guiado por la lógica de la ganancia. Desde el inicio del actual gobierno colombiano, el mensaje hacia Washington ha sido que la relación bilateral es prioritaria, aunque basada en el respeto mutuo y la cooperación entre iguales. Durante la administración Biden se avanzó en agendas como cambio climático, transición energética, paz, drogas y migración. Aunque con Trump esas coincidencias se han reducido, sigue siendo posible construir acuerdos bajo una lógica de beneficio compartido.
Entre los temas con potencial de entendimiento menciona la lucha contra el narcotráfico, la migración, la seguridad regional, la mediación en Venezuela y ciertos aspectos de comercio e inversión, con la excepción de los asuntos más sensibles relacionados con recursos naturales.
Tickner también se pronuncia sobre el debate semántico y jurídico en torno a la reciente operación militar estadounidense en Venezuela. Desde el derecho internacional, sostiene que se trató de una agresión que violó la soberanía venezolana y la Carta de la ONU, independientemente de la valoración política del régimen de Nicolás Maduro. Considera que la detención y traslado forzado de Maduro y Cilia Flores a Estados Unidos constituye un acto ilegal, más allá de los intentos de justificarlo como una “extracción judicial”.
En un plano más amplio, la internacionalista advierte que el mundo parece encaminarse hacia una nueva etapa de competencia imperial. A su juicio, resurgen con fuerza las antiguas “esferas de influencia”, con Estados Unidos, China y Rusia disputándose zonas de control político, económico y militar. En ese escenario, América Latina enfrenta el reto de defender su soberanía y autonomía, algo que dependerá de la capacidad de reacción colectiva de los países y del fortalecimiento de proyectos democráticos.
El auge global de la extrema derecha es, para Tickner, uno de los fenómenos más preocupantes del presente. Señala que se trata de un movimiento transnacional con narrativas compartidas, apoyado en redes políticas, religiosas, digitales y financieras. Advierte que sus políticas ya están teniendo consecuencias dramáticas, especialmente en áreas como salud, derechos reproductivos y protección de poblaciones vulnerables.
Frente a ello, considera que las izquierdas deben renovar sus discursos, fortalecer sus propuestas en campos técnicos como economía y seguridad, y reafirmar su compromiso democrático. Sueña con una izquierda global, plural, feminista y decolonial capaz de enfrentar la actual avanzada conservadora.
Finalmente, Tickner reconoce que el sistema multilateral atraviesa una crisis profunda. La ONU, la OEA y otros organismos enfrentan parálisis, pérdida de legitimidad y un debilitamiento acelerado, agravado por el retiro y el desconocimiento de normas por parte de Estados Unidos. Aunque considera prematuro hablar de su desaparición, advierte que el desacato de las reglas internacionales por las grandes potencias puede convertir la excepción en norma.
Sobre su futuro personal, señala que está cerrando un ciclo de cuatro años de intensa labor pública, que incluyó la formulación de la política exterior del actual gobierno y su trabajo diplomático en Naciones Unidas y en temas de política exterior feminista. Al regresar a Colombia, espera continuar aportando desde la academia y la investigación a una política internacional crítica y transformadora.
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