El Foro Económico Mundial insiste en que el momento actual exige “reconstruir la confianza y avanzar hacia soluciones compartidas”. No es una consigna menor en un mundo cada vez más fragmentado.
Hace poco concluí un programa de liderazgo que reunió a personas provenientes de ámbitos muy distintos: militantes de partidos políticos, líderes de organizaciones sociales en distintas regiones de Colombia, periodistas, empresarios, docentes, gestores culturales y emprendedores rurales que trabajan por mejorar las condiciones de vida en el campo. La diversidad era evidente, pero cobró aún más sentido cuando se hizo explícito algo clave: convivían allí visiones políticas profundamente opuestas. Izquierda, derecha, centro y todas sus variaciones; personas escépticas de la política y otras que han hecho de ella su proyecto de vida.
Las conversaciones giraron en torno a cómo impulsar cambios reales, convocar a otros, definir a quién deben servir los nuevos liderazgos, construir confianza, atreverse a incomodar, reconocer errores y, sobre todo, aprender a escuchar antes de hablar. Reflexionamos sobre cómo nuestras decisiones están moldeadas por creencias heredadas de la familia, la escuela y el entorno social, y cómo la emoción termina influyendo en cada acción cotidiana.
Meses después, el programa nos llevó a un módulo titulado “conversaciones difíciles y manejo del conflicto”. Allí nos recordaron algo esencial: dialogar en contextos complejos exige coraje, paciencia y entrenamiento constante. Es un ejercicio necesario en todos los ámbitos de la vida. Para ello, nos propusieron un método sencillo pero potente, resumido en cinco pasos: elegir, preparar, invitar, conversar y observar.
Esa experiencia personal conecta de manera directa con el eje central del próximo encuentro del Foro Económico Mundial, que se celebrará en Davos, Suiza, entre el 19 y el 23 de enero de 2026. El lema de esta edición es elocuente: “Un espíritu de diálogo”.
El propio Foro explica la razón de esta apuesta: en un contexto marcado por la fragmentación global y los cambios tecnológicos acelerados, es imprescindible recuperar espacios que faciliten la apertura, la colaboración y la confianza. Desde su primera reunión, hace medio siglo, Davos ha buscado ser un escenario de intercambio franco entre actores con poder de decisión. Este año, aseguran, ese espíritu fundacional vuelve a cobrar protagonismo.
La agenda reunirá a jefes de Estado, líderes empresariales, académicos y representantes de la sociedad civil para responder, desde la óptica del diálogo, cinco grandes interrogantes: cómo cooperar en un mundo cada vez más cuestionado; cómo encontrar nuevas fuentes de crecimiento; cómo invertir mejor en las personas; cómo escalar la innovación de manera responsable; y cómo generar prosperidad sin rebasar los límites del planeta.
El Foro advierte que la rivalidad entre potencias está redefiniendo el equilibrio global y la estabilidad regional, algo visible en conflictos comerciales, disputas por recursos estratégicos y tensiones geopolíticas constantes. A esto se suma una creciente polarización interna en muchas sociedades, donde las reglas tradicionales se ponen en duda, las alianzas mutan y la confianza se debilita.
En este escenario, la geoeconomía pesa cada vez más en las decisiones empresariales. Las compañías buscan desarrollar una mayor comprensión del entorno geopolítico para operar en un contexto donde conceptos como soberanía, seguridad e impacto social se redefinen en tiempo real. De ahí que el Foro insista en la necesidad de articular esfuerzos entre gobiernos, empresas y sociedad civil para construir respuestas comunes.
Es evidente que cada actor protege sus propios intereses. Sin embargo, espacios como Davos ofrecen la oportunidad de abordar esas tensiones mediante conversaciones complejas pero necesarias. El mundo enfrenta conflictos armados activos, disputas por el liderazgo económico global, una transformación tecnológica sin precedentes y el avance acelerado de la inteligencia artificial, que ya está reconfigurando todos los sectores de la sociedad.
Uno de los debates más relevantes será el futuro del trabajo. El Foro estima que cerca del 22 % de los empleos actuales cambiarán en los próximos cinco años, principalmente por efecto de la IA. En paralelo, las economías emergentes deberán generar empleo a un ritmo acelerado para absorber a casi 800 millones de jóvenes que ingresarán al mercado laboral en la próxima década. A esto se suma una crisis estructural en salud: más de 4.500 millones de personas carecen de acceso a servicios básicos y el sector enfrenta un déficit de financiación anual de 10.500 millones de dólares.
El cambio climático también ocupará un lugar central. Sus impactos sobre infraestructuras, sistemas alimentarios y ecosistemas refuerzan la urgencia de soluciones basadas en la naturaleza. Aunque la degradación ambiental afecta a tres cuartas partes de la superficie terrestre, el Foro subraya que los modelos de negocio positivos para la naturaleza podrían generar hasta 10 billones de dólares anuales hacia 2030. Proteger el entorno no es incompatible con el crecimiento económico; por el contrario, ecosistemas resilientes son una fuente de estabilidad y oportunidades a largo plazo.
En tiempos en los que abundan discursos que apelan a verdades absolutas, resulta pertinente recordar que el bien común debe prevalecer sobre el interés individual y que las decisiones siempre tienen un impacto colectivo. Por eso, que los líderes del mundo se reúnan en Davos a dialogar —y no solo a proclamar— es más que un gesto simbólico: es una necesidad urgente en una sociedad global que debe aprender a convivir con la diferencia y la diversidad.
