Torre de Tokio: tragedias narradas desde la intimidad

Columna dedicada a acercar la cultura japonesa al lector de habla hispana.
Cuando la narrativa japonesa toma como telón de fondo una catástrofe nacional —un terremoto, un tsunami— rara vez lo hace desde la descripción directa del horror. En lugar de recrear la devastación material, muchos autores prefieren explorar las secuelas silenciosas: el duelo que no se resuelve, la pérdida de brújula ética o la fragilidad de los vínculos humanos.
(Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

Cinco años después del terremoto de Kobe de 1995, el escritor Haruki Murakami decidió rendir tributo a las cerca de 6.500 personas que perdieron la vida en el sismo que arrasó la ciudad donde pasó su infancia. Lo hizo a través de un volumen de relatos publicado en español bajo el título Después del terremoto.

En uno de esos cuentos, una mujer que vive en Tokio desarrolla una obsesión casi enfermiza con las imágenes televisivas de la catástrofe. Sin previo aviso ni una explicación coherente, abandona a su marido y le deja una nota en la que escribe: “Eres atento, amable y atractivo, pero vivir contigo es como vivir dentro de una masa de aire”.

Fiel al tono desapasionado que caracteriza a muchos de los personajes de Murakami, el hombre —ya separado— emprende un viaje hacia el norte de Japón y termina compartiendo la cama con una de esas mujeres enigmáticas que, en la obra del autor más leído de Japón en este siglo, suelen aparecer como mensajeras pasajeras de algo incomprensible.

Sin embargo, su deseo se desvanece cuando su mente comienza a poblarse de imágenes ligadas a Kobe: “Autopistas colapsadas, llamas, humo, montañas de escombros y calles abiertas por grietas”.

El relato concluye con una frase que remite al lenguaje clásico de las historias de aventuras, como si anunciara una continuación: “El viaje apenas comienza”.

La crítica japonesa ha clasificado la obra de Murakami dentro de lo que denomina la “novela del desastre” (shinsai shōsetsu), un género al que también se adscribe Tokio, estación de Ueno, de la escritora Yu Miri, autora japonesa de origen coreano.

En esta novela, el protagonista, Kazu, abandona su natal Fukushima para trasladarse a Tokio, donde trabaja como obrero en la construcción de las infraestructuras levantadas con motivo de los Juegos Olímpicos de 1964.

Décadas más tarde, Kazu sobrevive como indigente en el parque de Ueno cuando ocurre la triple catástrofe de 2011: el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear en la planta de Fukushima, responsable de suministrar electricidad a la capital japonesa.

Miles de habitantes de la región se ven forzados a evacuar para evitar la exposición a la radiación, y vastas zonas de la provincia quedan vacías.

Kazu, al igual que Fukushima, entregó su esfuerzo y su vida al desarrollo de Tokio, pero la metrópoli solo le devuelve promesas rotas y aspiraciones frustradas.

En ambas narraciones, el desastre no irrumpe como un hecho aislado, sino como un catalizador que deja al descubierto grietas preexistentes: relaciones huecas y proyectos de vida que nunca se cumplieron.

Para Murakami, escribir sobre Kobe fue un acto de responsabilidad moral que se sumó a su prolífica obra. Yu Miri, en cambio, decidió trasladarse a Fukushima, donde abrió una librería y un teatro, y transformó el espacio literario de su novela en el escenario real de su vida cotidiana.

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