Canadá está dando un giro relevante en su política comercial internacional. El primer ministro Mark Carney cerró un acuerdo con el presidente chino Xi Jinping que facilita la entrada anual de 49.000 vehículos eléctricos chinos al mercado canadiense con aranceles preferenciales y permite, además, inversiones conjuntas de fabricantes chinos en la industria automotriz del país.
Durante su visita a Pekín, Carney lanzó un mensaje que marca un punto de inflexión: China es hoy un socio comercial más estable y previsible que Estados Unidos, en un escenario internacional que, según él, ya opera bajo un “nuevo orden mundial”.
El jefe de Gobierno canadiense —exbanquero central y poco dado a declaraciones grandilocuentes— regresó de China tras concretar un entendimiento que habría sido impensable antes del regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense. La reapertura comercial con China contrasta con la tradicional alineación de Ottawa con Washington en asuntos económicos y diplomáticos, incluso durante episodios de alta tensión bilateral con Pekín.
Durante décadas, Canadá mantuvo una política coordinada con Estados Unidos frente a China. Sin embargo, ese equilibrio comenzó a romperse tras la imposición de aranceles del 100 % a los vehículos eléctricos chinos, medida que Ottawa adoptó para proteger la industria automotriz norteamericana y que generó represalias de Pekín.
El panorama se complicó aún más con la llegada de Trump, quien impuso aranceles directos a productos canadienses y gravámenes globales al acero, el aluminio y los automóviles, afectando especialmente a Canadá por la profunda integración de sus cadenas productivas con Estados Unidos.
Actualmente, cerca del 70 % de las exportaciones canadienses tienen como destino el mercado estadounidense, una dependencia que no tiene paralelo entre los países del G7. Carney sostiene que el país debe duplicar sus exportaciones hacia otros mercados en los próximos diez años, un objetivo que, según analistas, resulta inviable sin una relación más fluida con China.
“Lo que Carney está diciendo es que Canadá tiene alternativas y no va a quedarse esperando a que Estados Unidos cambie de actitud”, explicó Eric Miller, director de la consultora Rideau Potomac Strategy Group, quien considera que el acuerdo con China es un movimiento táctico que puede ajustarse si deja de ser conveniente.
El pacto contempla una cuota anual para los vehículos eléctricos chinos con arancel reducido y, de manera más sensible, abre la puerta a empresas mixtas entre fabricantes chinos y el sector automotriz canadiense. Estas compañías han transformado un mercado históricamente dominado por Estados Unidos y Europa; de hecho, BYD superó recientemente a Tesla como el mayor vendedor mundial de autos eléctricos.
En Washington, el acuerdo generó inquietud. El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, calificó el entendimiento como “problemático”, y legisladores del Congreso expresaron su descontento. Aun así, Trump adoptó inicialmente un tono conciliador: “Está bien que firme acuerdos comerciales. Si se puede negociar con China, hay que hacerlo”, afirmó, en la antesala de una visita oficial a Pekín prevista para abril.
No obstante, analistas recuerdan que la reacción del presidente estadounidense suele ser impredecible, como ocurrió anteriormente cuando rompió negociaciones con Canadá tras un episodio similar relacionado con aranceles provinciales.
Aunque el anuncio fue presentado como un avance relevante, el acuerdo no supone una transformación radical del comercio global. Incluye memorandos de entendimiento y cartas de intención no vinculantes, que en muchos aspectos devuelven la relación bilateral a un punto similar al de años anteriores.
En 2017, el entonces primer ministro Justin Trudeau intentó sin éxito cerrar un acuerdo integral con China. La relación colapsó poco después, cuando Canadá detuvo en Vancouver a Meng Wanzhou, directiva de Huawei, a petición de Estados Unidos, lo que desencadenó la detención de dos ciudadanos canadienses en China y un deterioro profundo de los vínculos diplomáticos.
Para Jeff Nankivell, director de la Fundación Asia Pacífico de Canadá, la estrategia de Carney es una “concesión mínima” destinada a obtener alivios arancelarios significativos para sectores canadienses golpeados por las represalias chinas. “La prioridad era mantener abiertas las opciones del país en un entorno económico adverso”, señaló.
El acuerdo no ha sido recibido sin reservas. Michael Kovrig, uno de los canadienses detenidos en China durante la crisis diplomática, expresó incomodidad con el anuncio. Según él, Pekín envió un mensaje claro: abrir el mercado a su sobreproducción de vehículos eléctricos o enfrentar mayores sanciones comerciales.
Sectores agrícolas canadienses, especialmente en las praderas, continúan afectados por los aranceles chinos a productos como la colza y los guisantes, lo que refuerza el escepticismo sobre los beneficios reales del acercamiento.
Aun así, Carney parece asumir que el escenario actual exige pragmatismo. Su llegada al poder estuvo marcada por la promesa de diversificar el comercio exterior, en respuesta tanto al proteccionismo estadounidense como a las declaraciones de Trump que incluso llegó a insinuar que Canadá podría convertirse en “el estado número 51”.
A diferencia del enfoque del gobierno anterior, que priorizaba una política exterior basada en valores, derechos humanos e igualdad de género, la administración de Carney ha dejado claro que el crecimiento económico y el comercio ocupan el centro de su agenda.
Para algunos analistas, este giro es positivo. Derek Holt, economista jefe del Bank of Nova Scotia, celebró el acuerdo y destacó que el nuevo enfoque deja atrás una política que, según él, subordinaba el comercio a gestos simbólicos.
“Ahora es el comercio el que marca el rumbo”, concluyó.
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