El balance de 2025 dejó a China en una posición más sólida de lo esperado frente a la renovada confrontación comercial impulsada por el presidente estadounidense Donald Trump. Pekín logró resistir la presión arancelaria y, en varios frentes, convertirla en ventaja estratégica, especialmente gracias a su control sobre minerales críticos y tierras raras, un insumo clave para la industria tecnológica global.
Esta fortaleza permitió a China obtener concesiones en materia de aranceles y controles de exportación, mientras sus exportaciones encontraban nuevos mercados fuera de Estados Unidos. Como resultado, el país registró por primera vez un superávit comercial superior al billón de dólares, una cifra inédita que reflejó la capacidad de adaptación del aparato productivo chino.
Pese a las restricciones tecnológicas impuestas por Washington, las compañías chinas de inteligencia artificial y semiconductores continuaron avanzando. Varias firmas del sector salieron a bolsa, alentadas por el llamado del presidente Xi Jinping a profundizar la autosuficiencia tecnológica y reducir la dependencia de proveedores occidentales.
Una ofensiva diplomática calculada
En el plano internacional, Xi proyectó una imagen de fortaleza. A finales de año encabezó un desfile militar en Pekín, acompañado por más de una veintena de líderes extranjeros, reforzando el mensaje de que China cuenta con el poder militar necesario para respaldar su visión de un nuevo orden global.
Semanas después, Xi se reunió con Trump en Corea del Sur, en un encuentro que el propio mandatario estadounidense describió como una “reunión del G2”, un término poco habitual que en Pekín fue interpretado como una validación simbólica de su aspiración histórica de ser tratado como par estratégico de Estados Unidos.
Incluso figuras clave del gabinete de Trump, tradicionalmente duras con China, moderaron su discurso. El secretario de Estado, Marco Rubio, habló recientemente de la necesidad de manejar la relación bilateral con “madurez”.
“Desde cualquier ángulo, Xi Jinping termina el año en una posición mejor que hace doce meses”, señaló Jonathan Czin, investigador de Brookings Institution y exanalista de la CIA especializado en China.
Ventajas externas, tensiones regionales
Con Estados Unidos limitado para endurecer aún más las sanciones —debido a su propia dependencia de minerales críticos—, Pekín comenzó a presionar con mayor intensidad en asuntos sensibles como Taiwán. Esto incluyó medidas económicas indirectas y nuevas maniobras militares alrededor de la isla, en respuesta a un amplio paquete de armas aprobado por Washington para Taipéi.
China también ha mostrado escasa disposición a modificar su modelo económico centrado en la manufactura, una estrategia que genera inquietud en Europa. El presidente francés Emmanuel Macron llegó a calificar este enfoque como un desafío existencial para la industria europea.
La llegada a Pekín de varios líderes europeos a comienzos de 2026 pondrá a prueba la capacidad de Xi para capitalizar su posición antes de la visita de Trump prevista para abril. Entre las exigencias chinas estaría una revisión del lenguaje histórico de Estados Unidos sobre Taiwán, según analistas cercanos al gobierno chino.
Los problemas internos siguen pesando
Pese a los éxitos externos, Xi enfrenta importantes desafíos domésticos. La economía muestra señales de desgaste: la inversión apunta a su primera caída anual desde 1998, las ventas minoristas avanzan a su ritmo más débil fuera de la pandemia y el mercado inmobiliario continúa deprimido.
Para sostener el crecimiento, el Gobierno anunció que en 2026 ampliará el gasto fiscal, priorizando sectores como manufactura avanzada, innovación tecnológica y formación de capital humano.
A esto se suman tensiones políticas. En 2025 se registró un número récord de investigaciones por corrupción contra altos funcionarios, incluyendo miembros de la élite militar. Este proceso ocurre mientras el país se prepara para el próximo congreso del Partido Comunista, donde Xi podría buscar un cuarto mandato.
Aunque no hay señales visibles de un desafío a su liderazgo, la magnitud de las purgas ha despertado dudas sobre la cohesión y preparación del Ejército Popular de Liberación, especialmente en el contexto de las advertencias estadounidenses sobre una posible ofensiva contra Taiwán hacia 2027.
Una lectura estratégica del regreso de Trump
Paradójicamente, el retorno de Trump a la Casa Blanca fue visto por muchos en China como una oportunidad. El repliegue estadounidense de organismos multilaterales y de la ayuda internacional abrió espacios para que Pekín ampliara su influencia global.
Además, el hecho de que Trump intensificara la guerra arancelaria para luego retroceder ante la escasez de insumos estratégicos reforzó en Xi la convicción de que la firmeza, más que la concesión, es la mejor respuesta a la presión estadounidense.
A lo largo del año, Pekín observó cómo Washington suavizaba controles a las exportaciones, limitaba la visibilidad internacional del presidente taiwanés y deterioraba relaciones con socios clave como India.
Este contexto ha alimentado un debate en Estados Unidos sobre qué puede aprender Occidente del modelo chino. Académicos y empresarios han reconocido avances de China en infraestructura, tecnología y vehículos eléctricos, aunque también advierten sobre los desequilibrios que genera un modelo sustentado en fuerte intervención estatal.
De cara a 2026, Xi parece tener pocos incentivos para cambiar de rumbo. Como resume el académico Rana Mitter, de Harvard: “Si China logra avances en Taiwán y tecnología, puede convivir con los aranceles”.

