Un reciente reportaje del Wall Street Journal (WSJ) ha puesto a la ciudad de Cali bajo el escrutinio internacional, describiéndola como el “embudo urbano” de la creciente guerra de la coca en Colombia. El informe revela cómo un aumento en la producción de hoja de coca en el norte del Cauca ha derivado en una sobreoferta de cocaína, inundando los barrios populares y alimentando la violencia entre pandillas.
El alcalde de Cali, Alejandro Eder, ha expresado su preocupación por el informe, asegurando que la violencia que afecta a la ciudad tiene sus raíces en los cultivos ilícitos que rodean la capital del Valle del Cauca. Eder ha reafirmado que “no es aceptable que las siembras de coca lleguen hasta las faldas de Cali” y ha subrayado que mientras persista la producción de cocaína, la violencia en Cali continuará.
En su crítica al Gobierno Nacional, el alcalde ha mencionado la falta de intervención militar en municipios cercanos como Jamundí. “Desafortunadamente, el gobierno actual no se ha movido con la contundencia que se necesita”, expresó Eder, a la espera de un cambio en la administración tras las elecciones del domingo.
El análisis del WSJ también destaca la ubicación geográfica de Cali, que la convierte en un punto estratégico para el tráfico de drogas. Con el Cauca al sur, una región de alta producción de coca, y los corredores fluviales hacia Estados Unidos y Europa al oeste, Cali actúa como un canal para el dinero sucio y la violencia asociada. “No hay otra ciudad en Colombia que tenga a sus pies un enclave de coca de esta magnitud”, afirmó Juan Camilo Cock, director de la Fundación Alvaralice.
El comandante de la Policía de Cali, general Herbert Benavidez, ha comentado que las disidencias armadas no operan visiblemente en la ciudad, sino que subcontratan operaciones criminales a pandillas locales, dejando a la población vulnerables a la violencia y el microtráfico.
Activistas y residentes locales han compartido su miedo diario ante la violencia. Wilson Muñoz, un activista comunitario, describió cómo las guerras de pandillas resultan en escenas horrendas, mientras que Yasmin Sánchez, propietaria de una tienda de barrio, habló sobre la constante necesidad de cerrar su negocio ante el estallido de disparos.
A pesar de que Cali ha visto una disminución en las tasas de homicidio en comparación con la década de 1990, cuando la ciudad era dominada por el cartel de Cali, el miedo persiste. En 2022, se registraron 1,107 homicidios, una cifra significativa, pero inferior a los más de 2,000 anuales en su punto máximo. La estrategia del entonces alcalde Rodrigo Guerrero de tratar la violencia como una epidemia de salud pública a través de la implementación de mapas criminales sentó bases relevantes, aunque los desafíos continúan.
El futuro de Cali depende de la atención que reciba del nuevo gobierno en temas de seguridad y la erradicación de cultivos de coca, componentes críticos en el esfuerzo por mitigar la violencia en la ciudad.
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