La amenaza sobre Groenlandia y las negociaciones para una salida al conflicto en Ucrania influyen en la cautelosa reacción internacional tras la intervención militar de Estados Unidos en Sudamérica.
La primera acción militar de Estados Unidos en un país sudamericano, ejecutada el pasado 3 de enero, sacudió a la región y generó repercusiones globales. La operación, que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, fue el punto más alto de una estrategia prolongada de presión destinada a desalojar del poder al mandatario venezolano. La Casa Blanca justificó la incursión bajo el argumento de proteger a EE. UU. del narcotráfico y el crimen organizado y, de forma más explícita, de asegurar el acceso y control de las mayores reservas de petróleo del planeta.
Detrás de la decisión estuvo también la intención de exhibir la superioridad militar estadounidense y reforzar su capacidad de proyección de poder en el hemisferio occidental. Trump y su entorno han bautizado este viraje como la “Doctrina Donroe”, una reinterpretación moderna de la Doctrina Monroe del siglo XIX, que buscaba frenar la injerencia europea en América Latina. Esta versión actualizada enfatiza la primacía estratégica de Estados Unidos en la región y pretende limitar la influencia de actores externos, especialmente China y Rusia.
Con esta acción, Trump dejó un mensaje inequívoco: no reconoce límites ni normas tradicionales. Como comandante del país más poderoso del mundo, está dispuesto a emplear la fuerza militar para imponer su agenda. Esto no implica necesariamente nuevas intervenciones en otros países como Cuba, Colombia, Panamá o México, pero sí confirma un rasgo central de su política exterior: la imprevisibilidad. Más que una doctrina coherente, el sello de Trump es la reacción personalista y cambiante según el contexto.
La operación generó inquietud generalizada, lo que explica la respuesta internacional contenida, incluida la de América Latina. Las reacciones fueron dispares y evidenciaron una región profundamente fragmentada, con escasa coordinación y sin una estrategia común. En muchos casos, la tibieza se explica por la falta de respaldo político a Maduro y por el deseo de evitar un choque directo con Trump.
El episodio volvió a dejar en evidencia la debilidad de los organismos regionales, un problema que se arrastra desde hace al menos dos décadas. Las posturas divergentes reflejan diferencias ideológicas, prioridades internas y distintos niveles de cercanía con Washington. En la práctica, cada gobierno actuó por separado, un escenario que favorece a la administración estadounidense.
En Colombia, la lógica de la imprevisibilidad quedó clara cuando, tras días de tensión, se produjo un giro inesperado y un aparente acercamiento entre Trump y el presidente Gustavo Petro. Hasta entonces, Petro había sido una de las voces más críticas en la región, junto al mandatario cubano Miguel Díaz-Canel. Incluso había advertido sobre la posibilidad de movilizar al ejército colombiano ante eventuales amenazas. Trump, por su parte, había insinuado que una acción militar contra Colombia “no estaría mal”. El posterior deshielo dejó más preguntas que certezas sobre la durabilidad de esa distensión.
México y Brasil, las dos mayores economías latinoamericanas, condenaron la intervención, aunque con un tono moderado. Tanto Luiz Inácio Lula da Silva como Claudia Sheinbaum optaron por declaraciones prudentes, apelando al rechazo interno hacia Maduro y evitando escalar un conflicto con Washington.
Colombia, Brasil y México se sumaron a Uruguay, Chile y España en un comunicado conjunto que rechazó la acción unilateral de Estados Unidos, calificándola como una violación del derecho internacional y de la Carta de la ONU, y advirtiendo sobre el precedente que sienta para la estabilidad regional. Sin embargo, el mensaje tuvo un alcance más simbólico que práctico.
En la OEA, las discusiones tampoco fueron contundentes. Los Estados miembros insistieron en la necesidad de una respuesta regional y en la defensa de la soberanía, pero sin mayores consecuencias concretas.
En contraste, varios gobiernos alineados con Trump respaldaron abiertamente la captura de Maduro. El presidente argentino Javier Milei fue el más enfático, calificando la operación como “una excelente noticia para el mundo libre”. Mandatarios como Daniel Noboa (Ecuador), José Mulino (Panamá) y Santiago Peña (Paraguay) expresaron posturas similares, aunque Mulino matizó señalando que “Trump no es el dueño de Venezuela”. Este bloque, encabezado por Milei, bloqueó un pronunciamiento de la CELAC, dejando al descubierto las profundas divisiones políticas regionales.
Cuba es uno de los países más golpeados por el nuevo escenario. La isla recibía cerca de 27.000 barriles diarios de crudo venezolano, suministro que ahora se verá interrumpido, agravando su crisis económica y humanitaria. Analistas especulan que uno de los objetivos finales de Washington, en particular del secretario de Estado Marco Rubio, sería promover un cambio de régimen en La Habana, aunque Trump ha minimizado esa posibilidad al afirmar que Cuba “está a punto de colapsar”.
En Europa, la reacción no fue muy distinta. Los gobiernos del continente respondieron con cautela, tratando la violación del derecho internacional como un hecho consumado y expresando, en cambio, su deseo de que se atiendan las demandas del pueblo venezolano. Dos factores explican esta prudencia: el temor a que Groenlandia se convierta en el próximo foco de presión estadounidense y la preocupación de que una confrontación con Trump afecte el respaldo de Washington a Ucrania.
De cara al futuro, la gran incógnita es si existe una posibilidad real de transición democrática en Venezuela. La caída abrupta de un régimen autoritario no garantiza, por sí sola, un cambio político estable. También queda por ver si la región está preparada para desempeñar un papel activo y constructivo en ese proceso.
Marco Rubio ha delineado una estrategia en tres fases que conduciría eventualmente a elecciones y a una transición política, aunque los plazos y detalles siguen siendo difusos. Además, no está claro que Trump comparta plenamente ese entusiasmo.
Lo que deja el primer año del segundo mandato de Trump es una certeza: la política exterior de Estados Unidos depende de un solo decisor y se rige por la imprevisibilidad. Para América Latina y Europa, el mensaje es claro: conviene prepararse para nuevos sobresaltos en los próximos años.
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