Entrevista a Gustavo Gorriti, periodista peruano galardonado en Bogotá con el Premio Legado por más de cuatro décadas investigando la corrupción en la región. Fue víctima de secuestro durante la dictadura de Alberto Fujimori.
Gustavo Gorriti es una de las figuras más influyentes del periodismo de investigación en América Latina y el mundo. Durante más de 40 años ha documentado redes de corrupción, autoritarismo y abusos de poder en distintos países del continente. A finales de 2025 fue distinguido con el premio Héroe Mundial de la Libertad de Prensa, otorgado por el Instituto Internacional de Prensa (IPI) y International Media Support (IMS), un reconocimiento reservado para quienes han demostrado una defensa constante e irrenunciable del periodismo independiente.
Su trayectoria también ha sido reconocida con algunos de los galardones más prestigiosos del ámbito iberoamericano, entre ellos el Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia, el Premio Rey de España y el reconocimiento a la trayectoria de la Fundación Gabo. Actualmente dirige IDL-Reporteros, uno de los medios de investigación más respetados del Perú. Esta semana, en Bogotá, recibió el Premio Legado, distinción que desde 2026 entrega la red Connectas a quienes han dedicado su vida al compromiso con la verdad. En esta misma edición, la periodista Carmen Aristegui también fue homenajeada.
¿Qué representa para usted recibir el Premio Legado?
Volver a Colombia siempre es un gusto, y recibir este reconocimiento es un honor. Confieso que uno se pregunta por qué llega este tipo de premios, y la conclusión inevitable es que tienen que ver con la duración del camino recorrido. Son reconocimientos que llegan cuando la trayectoria ya es larga.
En los años noventa, mientras usted enfrentaba la dictadura de Alberto Fujimori, muchos periodistas de la región seguíamos su trabajo desde afuera. Incluso fue secuestrado por ese régimen.
El 5 de abril de 1992, el día del autogolpe, fui detenido por un grupo de inteligencia militar vestido de civil. Me llevaron al cuartel del Servicio de Inteligencia del Ejército. Tras una fuerte presión pública lograron admitir que me tenían retenido y fui liberado. A partir de ahí comenzó una confrontación prolongada con una dictadura que combinaba la ilegalidad con una fachada de legalidad. Ese tipo de regímenes, lamentablemente, no han desaparecido y probablemente volverán a ser una amenaza en varios países.
Fujimori y su jefe de inteligencia, Vladimiro Montesinos, terminaron condenados por esos hechos.
Así es. Entre otros delitos, fueron sentenciados por el secuestro y el intento de desaparición.
Su trabajo también lo llevó al exilio, primero en Estados Unidos y luego en Panamá.
Desde 1992 mi situación en Perú se volvió insostenible. Las amenazas crecían y mi familia estaba en riesgo. Acepté entonces una oferta de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional en Washington.
Luego vino Panamá, donde investigó al entonces presidente Ernesto Pérez Balladares.
En 1996 me incorporé al diario La Prensa como director asociado con el encargo de fortalecer el periodismo de investigación. Un año después, el presidente ordenó que me expulsaran del país. Me negué a irme y, con respaldo del medio, de organizaciones democráticas y apoyo internacional, resistimos. Fueron meses muy duros. Cada investigación que publicábamos generaba represalias judiciales, porque apuntábamos directamente a la corrupción estructural de un país eminentemente transaccional. Finalmente el gobierno retrocedió y permanecí allí hasta 2001.
A sus 77 años sigue enfrentando al poder. ¿No se agota?
En 2023 me diagnosticaron un cáncer grave y durante un tiempo la prioridad fue sobrevivir. Decidí que debía encontrar la fuerza para enfrentarlo y hoy estoy funcional. Mi pasado como deportista ayudó mucho.
¿Qué disciplina practicó?
Desde los 15 años entrené judo y competí durante años. Luego continué con artes marciales como entrenamiento. Eso me dio disciplina, control emocional y la capacidad de enfrentar situaciones extremas con serenidad. Los valores del guerrero ayudan mucho en un oficio tan exigente como este.
A pesar de eso, sigue bajo amenazas. En 2023 la CIDH dictó medidas cautelares a su favor.
Agradezco el gesto, pero su efecto práctico ha sido limitado. El principal candidato de la ultraderecha peruana, Rafael López Aliaga, ha incitado públicamente a que se me asesine. Ese es el clima en el que trabajo.
¿Cómo se convive con ese nivel de riesgo?
La experiencia ayuda. Con los años uno acumula hechos que se convierten en exigencias morales. Defender la democracia y la libertad de prensa se vuelve una obligación personal, sin importar el costo.
López Aliaga fue alcalde de Lima y aspira a la presidencia.
Es un personaje abiertamente fascista. En su obsesión con sus adversarios, ha cruzado el límite de lo político hacia lo patológico.
Recientemente se reabrió una investigación en su contra.
Tiene origen en las investigaciones de IDL-Reporteros sobre el caso Lava Jato fuera de Brasil. Coordinamos una red regional que reveló hechos de corrupción desde Argentina hasta México. Eso llevó a procesos judiciales y a destapar irregularidades en el sistema judicial peruano. Luego vino la pandemia y una contraofensiva basada en desinformación masiva, que terminó incluyéndome en una investigación absurda por ejercer mi labor periodística.
Lo acusan de manipular fiscales y obstruir la justicia.
El nivel de absurdo es tal que Kafka no habría podido imaginarlo. Un fiscal archivó el caso, pero la presión de grupos de poder forzó la reapertura.
Incluso lo responsabilizaron por el suicidio del expresidente Alan García.
Sí, y también me acusaron de favorecer a Odebrecht. La investigación sobre esa empresa fue parte del caso Lava Jato, que involucró a varias constructoras brasileñas. No hay límites para el disparate cuando se busca desacreditar.
Tras cuatro décadas de trabajo, ¿qué balance hace?
Se han ganado batallas importantes. Desde la caída del régimen de Montesinos y Fujimori hasta la revelación del funcionamiento de las grandes redes de sobornos transnacionales. Todo eso demuestra que es posible construir sociedades más limpias. Por eso valió la pena.
Hoy resurgen liderazgos autoritarios que amenazan la libertad de prensa.
Cuando la democracia se debilita, el periodismo de investigación queda en la mira. El escenario actual recuerda a los años treinta, cuando avanzaron los totalitarismos en Europa. El fascismo y el estalinismo despreciaban la democracia y, una vez en el poder, la destruyeron rápidamente. El costo humano fue inmenso. Hoy vemos un renacer de esas ideas, primero en Europa, luego en Estados Unidos y potencialmente en América Latina. El problema es que muchas fuerzas democráticas carecen de la firmeza necesaria para enfrentarlas.
¿Qué consejo les daría a los jóvenes que quieren ser periodistas de investigación?
Que lo piensen bien. No es una profesión tranquila. Exige talento, energía y una fortaleza ética enorme. Este oficio convoca lo mejor de una persona, pero también convive con prácticas profundamente inmorales.
Además, el periodismo enfrenta una crisis económica.
El periodismo independiente atraviesa una etapa crítica. Muchos medios tradicionales enfrentan problemas existenciales, salvo aquellos que se han adaptado o funcionan sin fines de lucro. La desinformación complica aún más el panorama, aunque también surgen iniciativas innovadoras que buscan sostener la buena investigación.
En el Año Guillermo Cano, ¿cómo enfrentar los riesgos extremos del oficio?
El legado de Guillermo Cano es fundamental para Colombia y la región. En esta profesión existe la posibilidad de pagar el precio máximo. No hay muchas causas por las que valga la pena arriesgar la vida, pero como escribió Cervantes, la libertad y el honor son algunas de ellas.
¿Siente hoy el mismo miedo que en los años noventa?
No siento miedo, aunque soy consciente del peligro. Eso no debe paralizar, sino reforzar la determinación. Este oficio se parece a un servicio de por vida, no a una misión temporal. Es una elección que dura toda la existencia.
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