En la antesala del inicio del Australian Open, el legendario tenista suizo protagonizó un partido de exhibición ante Casper Ruud. El formato fue reducido: solo se disputó un tie-break, que terminó con triunfo para Federer.
Casi seis años después de su última aparición oficial en el torneo, Roger Federer volvió a pisar las canchas del Abierto de Australia. A sus 44 años y retirado del circuito desde 2021, el suizo reapareció en Melbourne y generó una enorme expectativa entre los aficionados, que no ocultaron la emoción de volver a verlo en la pista donde fue campeón en múltiples ocasiones. Aunque no formó parte del cuadro principal, su presencia fue suficiente para encender la nostalgia y el entusiasmo del público.
Federer participó en una jornada de exhibición junto a figuras históricas como Lleyton Hewitt, Patrick Rafter y Andre Agassi. El momento más esperado del evento fue el tie-break que disputó frente al noruego Casper Ruud, actual número 11 del ranking mundial. El duelo se llevó a cabo en el Rod Laver Arena, con las tribunas colmadas y un clima de celebración.
El resultado fue contundente: Federer se impuso por 7-2 en el tie-break. Durante el breve pero intenso encuentro, el exnúmero uno del mundo desplegó los golpes que marcaron su carrera: el clásico revés a una mano, servicios ganadores, slices precisos y un smash final para cerrar el partido. Ruud, en cambio, incurrió en varios errores no forzados que facilitaron la diferencia en el marcador.
La respuesta del público fue inmediata. Cada punto ganado por Federer, en especial los más complejos, fue acompañado por aplausos y ovaciones. Su actuación reforzó la sensación de que, pese al paso del tiempo y al retiro, mantiene una calidad técnica sobresaliente y un nivel que todavía impresiona.
Al finalizar el encuentro, Casper Ruud se mostró agradecido por la experiencia. El noruego compartió una imagen junto a Federer en redes sociales y lo describió como “el mejor compañero de entrenamiento en mucho tiempo”, subrayando el privilegio de haber compartido cancha con una leyenda. La exhibición volvió a confirmar el lugar eterno de Federer entre los más grandes de la historia del tenis.
El vínculo de Roger Federer con el Abierto de Australia es uno de los capítulos más importantes del tenis moderno. Melbourne fue uno de los escenarios donde mejor se expresó su estilo de juego: fluido, elegante y ofensivo, pero siempre bajo control. Allí conquistó seis títulos y alcanzó siete finales, consolidándose durante casi dos décadas como protagonista habitual de las instancias decisivas.
Más allá de las estadísticas, el Australian Open reflejó como pocos torneos su capacidad de adaptación a distintas generaciones de rivales, desde los primeros años de dominio en los 2000 hasta los duelos memorables frente a los integrantes del Big Three.
Australia también fue clave en la construcción de su imagen de longevidad. Entre 2004 y 2018, Federer ganó títulos separados por 14 años, un hecho excepcional en el tenis de élite. Melbourne no solo fue escenario de consagración, sino también de reinvención: allí demostró que podía evolucionar su juego sin perder identidad, incluso frente a rivales más jóvenes y potentes físicamente.
En contraste, Roland Garros fue el Grand Slam más exigente dentro de su trayectoria. Aunque solo levantó el trofeo una vez, en 2009, su perseverancia en París fue fundamental para completar el Grand Slam y reforzar su estatus histórico. Durante años se enfrentó al dominio casi absoluto de Rafael Nadal sobre la arcilla, pero aun así sostuvo una notable regularidad, alcanzando semifinales y finales en la superficie menos favorable para su tenis.
Wimbledon, en cambio, fue su territorio natural. En el césped londinense construyó una relación casi simbiótica, conquistando ocho títulos y estableciendo un récord que definió su figura como heredero y renovador de la tradición clásica del tenis. Aunque el foco esté puesto en Australia, Wimbledon completa el retrato de Federer como un jugador total, capaz de dominar el torneo más antiguo del mundo con una mezcla única de autoridad deportiva y estética.
En el US Open, finalmente, Federer cerró su ciclo de dominio inicial con cinco títulos consecutivos, mostrando una versión arrolladora sobre pista dura.
En conjunto, sus actuaciones en los cuatro Grand Slams configuran una carrera difícil de igualar. Sin embargo, es en Melbourne —junto a Wimbledon— donde Federer dejó una huella especialmente profunda: títulos, épica, longevidad y una conexión singular con el público que lo convirtió en una figura irrepetible del tenis mundial.
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