Una anécdota histórica reveladora volvió a circular esta semana en medios japoneses a propósito de la operación de Estados Unidos en Venezuela, ampliamente señalada en Japón como una violación del derecho internacional. El episodio sirve para entender cómo Japón, en un momento decisivo de su historia, optó por convertirse en una nación beligerante como estrategia de supervivencia en el sistema internacional.
La reacción de la prensa japonesa frente a la actuación estadounidense fue prácticamente unánime en su condena. En contraste, la primera ministra Sanae Takaichi evitó emitir juicios contundentes, una postura que fue descrita por analistas y comentaristas como ambigua, excesivamente prudente o carente de firmeza.
El diario conservador Yomiuri Shimbun fue uno de los más críticos. En sus páginas recogió las declaraciones de Itsunori Onodera, dirigente del oficialista Partido Liberal Democrático (PLD), quien advirtió: “Esto constituye un cambio del statu quo por la fuerza y contradice los argumentos con los que se suele cuestionar a China y a Rusia”.
En los días posteriores a la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, las principales cadenas de televisión japonesas difundieron mapas que mostraban los países bajo presión del gobierno estadounidense y convocaron a especialistas para analizar cómo Venezuela se sumaba a Gaza y Ucrania en el proceso de debilitamiento del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.
En ese contexto, Daisuke Kondo, subdirector de la revista Gendai Business, evocó un episodio del siglo XIX que marcó de manera decisiva el rumbo de Japón tras su ingreso a la modernidad. Con el objetivo de estudiar los sistemas políticos, económicos y sociales de Occidente, el país envió entre 1871 y 1873 una misión diplomática a Estados Unidos y Europa, encabezada por el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Tomomi Iwakura.
Uno de los momentos más significativos de ese viaje ocurrió en marzo de 1873, cuando la delegación japonesa se reunió con Otto von Bismarck, el arquitecto de la unificación alemana y figura central del nuevo Imperio alemán.
Según los registros históricos, Bismarck fue directo con sus visitantes: el aparente clima de cordialidad entre las naciones —les dijo— no era más que una fachada. En el fondo, el mundo se regía por la ley del más fuerte. Japón, por tanto, no debía confiar excesivamente en el derecho internacional, sino concentrarse en fortalecerse económicamente y, sobre todo, en desarrollar su poder militar para garantizar su independencia. Cuando las grandes potencias se sienten amenazadas, advertía Bismarck, abandonan las normas y recurren a la fuerza.
Kondo sostiene que Japón interiorizó profundamente ese mensaje y lo convirtió en doctrina de Estado bajo la consigna de “enriquecer al país y fortalecer al Ejército”. A partir de allí, cada obstáculo estratégico fue resuelto mediante el recurso a la guerra: el conflicto con China, la guerra contra Rusia, el Incidente de Manchuria, la segunda guerra sino-japonesa y, finalmente, la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.
A la luz de la reciente intervención estadounidense en Venezuela, esa antigua cepa beligerante —que Japón creyó desterrada tras 1945— vuelve a resonar como una advertencia incómoda sobre el funcionamiento real del poder en el mundo contemporáneo.
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